El entretenedor
Todo comenzó con la organeta. Papá siempre fue un entretenedor: declamaba, cantaba tocaba guitarra y piano. Se emocionaba y emocionaba fácilmente. Cantaba a viva voz, casi bramaba; era imposible no oírlo. La organeta me inició en el piano. Él y yo tocando juntos.
Le gustaba que invirtiéramos el tiempo, o al menos no lo desperdiciáramos. Deportes o música, siempre había alguna actividad además del Colegio. A los seis años me impulsó a empezar clases de piano “si te gusta, estúdialo”. Desde ahí no he podido parar. Llevo toda la vida tocando, no para ser un artista reconocido o tener una carrera musical, me gusta tocar. El piano me salva, me relaja.
La academia estaba en la esquina de la casa. Estuve estudiando hasta los doce años, me gradué con una presentación. Papá estuvo ahí, siempre estaba. Sin importar los viajes y el trabajo, estuvo ahí. Después del grado seguí con una profesora particular porque quería saber un poco más. Él era el más interesado por mis clases, estaba en mis presentaciones y sabía en las piezas en las que trabajaba.
Éramos diferentes, manejábamos el tiempo de manera diferente. Teníamos temperamentos diferentes. Él quería la familia unida, la que come junta a su llegada, la que madruga a jugar golf los domingos, la que hace mercado en equipo. Esa, a fuerza de argumentos, fue la familia que tuvo. Yo, como buen adolescente, quería más individualidad, más autonomía.
¿Chocábamos?, sí, como cualquier relación padre e hijo. Era temperamental, tenía una figura poderosa. Explotaba con facilidad por cosas simples y pasajeras: el cubierto en el suelo, la mancha en la ropa, el error jugando golf. A diferencia de mi hermano, yo le mostraba mi desacuerdo. Nos amaba, su familia lo hacía feliz. La familia, entendí después, es el reposo de un gerente.
Cantaba en sus reuniones, cuando estaba en ambiente le gustaba cantar. Cantaba boleros. Nos apenaba, a mi hermano y a mí, porque lo hacía para hacerse notar. Nos daba pena porque a uno, cuando es niño, le da pena todo lo que los papás hacen. Le gustaba mucho la música clásica, tenía una gran colección. Toqué muchas de las piezas de su colección.
Me insistió para tener un repertorio de música colombiana. Yo me negué, solamente interpreto clásicas o la banda sonora de alguna película. Con eso soy estricto, toco lo que me gusta. Con el tiempo dejó de insistir, creo que le bastaba con verme apasionado, escucharme tocar. Los fines de semana o cuando llegaba temprano se sentaba junto a mí y trabajaba o leía mientras ensayaba. Esas jornadas fueron muy importantes.
Del segundo matrimonio fui el hijo que le dio más batalla. Y batalla es un decir, no era nada belicoso. No tuvimos ningún inconveniente por el rendimiento académico, porque nos exigía, al menos a mi hermano y a mí. Discrepábamos en otros asuntos, sabía cómo exaltarlo, pero le duraba poco el enojo.
Lo disfruté en vacaciones, en Disney, Europa o Medellín. Haciéndole bromas a mi mamá para que subiera a las atracciones más extremas, peleando con los taxistas en Italia, conociendo la nieve. Se gozó la vida, hasta el último momento y se la gozó con su familia. Trataba que hiciéramos cosas juntos para no perderse ni un momento.
Pienso en él. Eventualmente viene a mí con un golpe de pensamiento, llega grata e inesperadamente. En los momentos de orgullo, al elegir mi carrera, al tener mi primer trabajo. Padre y madre solo hay uno, y dejan huellas profundas, en el alma y en la mente. Quisiera que estuviera aquí, pero con el tiempo me he acostumbrado a su ausencia, al recuerdo de su sonrisa, de los golpes que le daba a la mesa. Sus regaños fuertes y sus consejos pausados.
Él, el entretenedor. La pieza, El entretenedor. El piano, El entretenedor,


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