Quiero que me mires a los ojos cuando te diga esto


Apagan la luz, se cierra el telón y suenan los aplausos. Los suyos, llenos de orgullo, se escuchan sobre el resto.

Núcleo: papá, mamá y hermano. Entra en caos la pareja, papá se va, quedamos mamá, hermano y yo. Mamá quiebra, yo tengo 19 o 20 años. Ella quedó con la casa grande, habló con papá, vendió la casa y nos fuimos a un apartamento. Quedamos hermano y yo, Juan se va al terminar la carrera. Quedo sola a los 21 años. Sola, sin responsabilidades y con todos los gastos pagos. Yo, Mónica Johana. Johana es Juana en Alemán. Juana como él, Alemán como la empresa.

No soy actriz, hago teatro: siento lo que otro siente, vivo lo que otro vivió. Empecé a estudiar antropología y me sirvió, claro que me sirvió, gracias a la universidad me inicié en el teatro. Me di cuenta que prefiero la tripa que el conocimiento estructurado. Entender al ser humano desde el sentimiento y no desde la razón. Usar la escritura, el cuerpo, la voz y la puesta en escena.

Es difícil ser artista en este país, más difícil aún vivir del arte. Yo lo logré gracias a él, siempre me apoyó a pesar de todo. Estuvo ahí, en todas las obras. No quería que fuera artista porque sabía las dificultades de la profesión. Quería colgar un diploma, se negó a que dejara la carrera.

Soy dedicada y metódica como él. Seguí con la carrera y el teatro al tiempo, no aguanté más. No quería derretirme en un silla del aburrimiento así que lo invité a almorzar. Le conté mi decisión. No hubo argumentos, solo le mostré dos cartas, la de renuncia a antropología y la de admisión a la escuela de teatro. Esto es lo que voy a hacer: clases de danza, de percusión, voz, francés. Si no me apoyas económicamente, voy a trabajar los fines de semana mientras cojo cancha como actriz. No tuve dudas, ni titubeé y él lo supo.

Lo tenía todo pensado, no podía llegar ante un hombre como mi papá y decirle “no sé qué hacer”. Accedió, no estuvo de acuerdo con mi decisión, pero me apoyó.

Soy su única hija, la niña de sus ojos, la rebelde, peliona, terca, indomable y altanera. Fui educada en libertad, podía hacer y decir lo que quisiera. Nuestras dificultades vinieron por otro lado, no por la imposición sino por la relación que tuvo con mi madre.

De adolescente lo traté mal, lo grite. Fui dura con él porque lo culpaba por el sufrimiento de mamá. Siempre fue un buena vida: fumador, tomador y alegre. Intenso en el sentir, riendo a carcajadas, declamando con emoción, llorando acongojado. Respetuoso, de mí y mi libertad.

Se me fue la pita, era independiente y estaba en un gremio liberal. Él, que no vive conmigo,  permanece pendiente. Organiza almuerzos para encontrarnos y hablar. Se preocupó por mí, mucho. Yo seguía altiva y orgullosa, displicente. Reclamándole por sus noches de trago, sus llegadas tarde, las otras mujeres que creía que tenía.

Recuerdo una pelea, mamá explotó, como siempre. Él era social, hacía negocios en fiestas. Nos enseñó que ahí es donde se establecen los contactos y se firman los acuerdos. Llegó feliz y haciendo bulla, yo estaba dormida. Me despertó llorando, diciéndome que me quería. No lo entendí, se veía triste pero decía que estaba feliz. Feliz de tenerme. Después hubo gritos y reclamos, yo seguía sin entenderlo, sin entender su emoción.

Solíamos comer juntos. Me invitó a almorzar,  yo estaba emocional, a punto de llegar al fondo. Era un día nublado, de viento frío. Lo miré de frente, analizando todo: sus mejillas rosadas, su piel tersa casi sin arrugas, su peinado perfecto, la pulcritud de su vestir, sus ojos. Sentí ternura, un temblor en las piernas y ansiedad.

-Perdón

Estaba triste, destrozada por dentro.

-Perdóname por hacerte sufrir, por lo mal que te traté, por lo dura que fui contigo. Por hacerte reclamos que no me correspondían, sé que fue duro relacionarte conmigo y me duele la forma en la que me porté.

Me miró fijo, con los ojos brillantes y a punto de llorar. Se demoró en hablar. Había esperado para oírme decir eso. Me entendía.

Lloramos juntos esa tarde, estuvimos cercanos. Con el tiempo, además del perdón, llegó el agradecimiento. Gracias por ser como eres, por emputarte con las cosas sin importancia y apoyarme en los momentos de crisis. Gracias por aguantarme, por hacerme libre, por enseñarme a ser disciplinada y sensible. Gracias por declamar, porque eso me hizo artista. Gracias por los aplausos. Gracias.

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