Para no olvidar


Es sorprendente la forma en la que la memoria va racionalizando los recuerdos, idealizando la vida. Al final, lo vivido se reduce a memorias reconstruidas de forma consciente. Entonces solamente se vivió lo que se recuerda. Con dificultad logro pensar en la casa en la que crecí, sus cuartos, sus colores, sus dimensiones. Recuerdo, eso sí, el olor a cigarrillo de mi padre. La casa olía a cigarrillo, el carro olía a cigarrillo, él olía a cigarrillo.

De repente se atraviesa un recuerdo, recién aprendí a caminar. Había un corredor pequeño entre mi cuarto y el de mis papás. Me fui de mi cuarto al de ellos y apenas entré sonó su despertador. El susto fue tremendo, él se paró, me levantó, me recogió y me tranquilizó. Así era mi padre, tenía una presencia muy física. Incluso de grande recuerdo el calor y la fortaleza de sus abrazos.

Le di problema serios. En el colegio me suspendieron varias veces, empecé a fumar joven, me rapé media cabeza. Lo obligué a ser parte de mi adolescencia por mi comportamiento extremo. Él permanecía calmado, con el corte de pelo me dijo “tú no estás preparado para este mundo, o este mundo no está preparado para tí, pero mañana no vas al colegio así”. Me rasuró.

La fortaleza de su presencia me incomodaba, eso lo recuerdo. También me incomodaba que bebiera tanto, su alegría desbordada al tomar. En un paseo con sus amigos por el tren de la sabana, el tren se descarriló. Nos fuimos por una de las mesitas de la carrilera. Cuatro amigos de mi papá y yo, con 7 años. Ellos estaban borrachos y mi papá me puso a cargar su botella. Asociaba el caos de la situación con el alcohol así que estallé la botella. Él hizo lo mismo con uno de mis juguetes. Me fui, caminé horas solo y sin un rumbo, sin temor. Antes que oscureciera me encontraron y volvimos a la casa. Así fue nuestra relación, carácter chocando con carácter, aprendiendo uno del otro constantemente.

Éramos y seguimos siendo muy diferentes. Yo era muy neura, solitario, disfrutaba la soledad. No me gusta el ruido, no quiero el ruido. He cambiado en ese sentido. Él me decía  soberbio porque, a diferencia suya, no soy tan generoso con la familia. Todo el mundo lo recuerda por ser el primero en felicitar a las personas por su cumpleaños, por estar atento de todos. La familia se resintió con su muerte, pero las dinámicas cambiaron. Logramos salir adelante solos.

Hay cosas en las que somos iguales, él es la figura más fuerte que definió mi personalidad. Supongo que mis hermanos me ven igualito a mi papá porque además soy el mayor, el más viejo. En el fondo somos diferentes, él era un perfeccionador. Si veía un cuadro torcido lo enderezaba. Yo no soy así.

A él le debo la libertad, me regaló la libertad porque me alentaba a ser como soy sin recriminarme, pero enseñándome. Una vez dijo que si pudiera ser alguien en el mundo le gustaría ser como yo, creo que fue por la libertad y la autonomía. Cualidades que él me regaló.

Hizo un esfuerzo por rehabilitarse de ser paisa, especialmente con mi hermana. Por tratarnos igual, por la equidad de género. Trató de no ser como su papá, un godo, malgeniado y machista. Quería que estuviéramos juntos como familia, no lograrlo lo molestaba. El horno microondas fue su mayor rival, nos cambió la vida al darnos la posibilidad de comer cuando quisiéramos, de manejar más fácilmente nuestros tiempos.

Me dio dos órdenes en la vida, rápate la cabeza y dame un cigarrillo. Él estaba haciendo un esfuerzo por dejar el cigarrillo y me vio fumar, me pidió uno. No quería dárselo, pero insistió.
Su autoridad era tan fuerte que no necesitaba dar órdenes para que pasara lo que pedía.

Para mí no fue un padre ausente, fue un padre trabajador. Printer, la empresa que gerenciaba, era como mi hermano mayor. Cuando se dedicaba a la empresa, era la empresa. Con la familia era igual. Estaba cuando tenía que estar, en los momentos de las cagadas, en las situaciones especiales, los logros.

No esperaba su muerte, estaba sano. No tenía ese escenario en mi mente, murió muy joven. Lo extraño porque esta es la etapa de la vida que más me hubiera gustado compartir con él. Dejar atrás las historias de infancia y adolescencia, mostrarle mi apartamento nuevo, invitarlo a mi casa con mi esposa, compartir unas onces, contarle de mi empresa.

Las primeras reuniones después de su muerte fueron raras, él asignaba la palabra. Tú que tal, y tú que tal. Ahora hay una conversación entre iguales. Algo muy bonito pasó que permitió que florecieran rasgos muy auténticos en otros.

Después de la muerte su imagen se ha desvanecido, su presencia se mantiene por medio de recuerdos. Lo que yo viví no es lo mismo que otros vivieron con él, las percepciones de la familia son diferentes y rara vez las compartimos. Hasta con su muerte me enseñó, estoy apasionado por vivir. Dejaba muchos tiempos muertos, ahora soy voraz con la vida. Yo soy el que exprime la vida.

Mi padre era olor a cigarrillo, abrazos fuertes, licor, música, espuma de afeitar, un traje bien puesto, un buen peinado, los Chalchaleros, la zamba de la esperanza, un silbido para llamarnos, una sonrisa, golf, caballos, disciplina, Printer, impresiones, carraspeos, una linda letra, sudokus, crucigramas, madrugadas, whisky, inteligencia.

Para no olvidar hay que vivir el presente, sentir el momento y no quedar sometido a los recuerdos.

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