La muerte de justo
Juan Guillermo Giraldo entró a Printer colombiana en 1977 encargado del montaje y mantenimiento de las máquinas: impresoras y encuadernadoras. Rápidamente ascendió por su cumplimiento y capacidad de liderazgo hasta convertirse en el Gerente General de la multinacional alemana, cargo que ocupaba cuando falleció. Creció con la empresa, empezó a trabajar en Printer a los 25 años y desde sus diferentes cargos fue llevándola de la mano como a una hija. Fue un líder querido y respetado.
Tuvo dos hijos en su primer matrimonio y dos hijos en el segundo. Juan Fernando, el mayor, nació al tiempo con la empresa, él nació en Marzo y Juan Guillermo comenzó en Printer en Febrero. En vísperas de su muerte, un infarto fulminante, Juan Guillermo estaba en el proceso de venta de Printer debido a la decisión de los alemanes de terminar la inversión en Colombia. La industria gráfica, de la que hacía parte Printer, no estaba en sus mejores momentos por lo que Juan Guillermo tuvo que liquidar personal. Por su perfil humano al gerenciar, para él liquidar era una acción difícil, dolorosa y desgastante.
Líder natural, trabajador dedicado y buen padre. Con el nacimiento de Juan Sebastián, el primer hijo de su segunda familia, Juan Guillermo decidió no volver a trabajar los sábados y dedicar más tiempo a la familia, promesa que cumplió. Todos los domingos, al menos la gran mayoría, salió a jugar golf con sus esposa y dos hijos. Para él estar con la familia era importante, tener espacios de diálogo e interacción que unieran lazos. Sus hijos no eran fanáticos del golf, pero accedían a jugar y pasar tiempos juntos. Ellos resintieron la muerte de su padre por la corta edad que tenían y el poco tiempo que vivieron con él.
Juan Guillermo desafiaba la salud de su cuerpo, triglicéridos y colesterol alto, hasta 3 cajetillas diarias de cigarrillo 13 años antes de irse, pocas horas de sueño, un bloqueo de la carótida previamente tratado. Todos estos factores se juntaron para terminar con un resultado fatal. El primero de noviembre madrugó para asistir a un torneo de golf, él no faltaba a sus compromisos. Empezó a sentirse mal al salir del baño, se cogió la cara varias veces preguntándose “¿Qué me pasa?”, no hubo gesto de dolor. Le dijo a su esposa Lucía que debían ir al médico. Al desmayarse, ella llamó una ambulancia y a sus hijos.
Juan Sebastián, el mayor de los hijos, acompañó a Lucía a pedir la ambulancia mientras Luís Guillermo, con 15 años, estuvo al lado de su padre. Entre los tres no pudieron levantar a Juan Guillermo del suelo. Parecía que convulsionaba, hacía ruidos extraños.
Por un momento el tiempo se congeló para cuatro personas, padre en el suelo, en los brazos del hijo menor. Madre y hermano mayor al teléfono tratando de sobrellevar las preguntas necesarias para solicitar la ambulancia. Tiempo muerto, sin posibilidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos, solamente resignados a esperar entre la angustia.
La llegada del médico solamente confirmó lo esperado, Juan Guillermo había fallecido. Esa muerte es conocida como la del justo, no hay dolor ni sufrimiento. Lo que la familia vio en los últimos momentos fue la exhalación final del ser humano, la expiración. El último resquicio de aire saliendo del cuerpo. Con la noticia la casa quedó en silencio, cada quien fue a afrontar la realidad por separado, llorando o rompiendo cosas. Ese día, con la muerte del padre y esposo, algo cambió en la relación familiar, un nuevo lazo, en principio de culpa, después de unidad, se conformó.
Después vinieron las llamadas, todos debía enterarse, empezando por Mónica y Juan Fernando, los otros hijos. Juan Sebastián llamó a Mónica primero porque vivía más cerca. Ella se quedó en silencio, se sentó en el borde de la cama y sintió un dolor terrible en el estómago, no estaba ubicada mentalmente. Mónica llamó a Juan Fernando, él la ayudó a calmarse, a aterrizar en la realidad. En ese momento entendió que todo era cierto y la golpeó la tristeza, un golpe inesperado, certero y doloroso. Fumó tres cigarrillos y se fue. Cuando llegó abrazó a sus hermanos y vivió el cuerpo de su padre vacío, sin él.
A su manera, cada uno de los miembros de la familia enfrentó la realidad. Todos se juntaron en la casa a esperar lo que venía. El funeral fue en la Iglesia de Santa Clara, allí se reunieron más de 1000 personas para celebrar la vida de un hombre generoso y acompañar a su familia como gesto de bondad en retribución, cabe destacar el gran afecto y respeto que todos los que tuvieron que ver con él.
No queda mucho después de la muerte: sonrisas, enseñanzas, anhelos. Una vida nueva, una ausencia nueva, un lucero en la noche, un ejemplo de vida.



Comentarios
Publicar un comentario