Desiderata


Soy todo él, todo mi padre, astilla fiel de su madera. Rostro de su rostro, ojos de sus ojos, temperamento de su temperamento, pelo de su pelo. De pequeño lo buscaba. Como presintiendo el poco tiempo que tendríamos juntos, gateaba hasta sus piernas, quería estar en sus brazos. Jugar con él, frente con frente en tope tope o dejándome caer al vacío desde la nevera. Lo quería a él, todo él conmigo. Nuestros tiempos fueron cortos y nuestras historias breves. De todos fui el que menos compartió con él. La memoria, afortunadamente, sabe más de emoción que de duración.

“Este es Saturno, prepárate para montarlo”. Saturno, así bautizó a mi caballo, nuestro caballo. Entre mis hermanos fui el que más se interesó por la equitación, las competencias y los entrenamientos nos unieron. Junto a Saturno y mi padre competí, hice vaulting. Pirueta va, pirueta viene. Odiaba practicarlo, además era el único hombre. Odiaba las acrobacias y la truza, hacer acrobacias en truza. Sabía que ese era el inicio para la equitación, por eso resistí, por eso y el apoyo de papá. Duré cuatro años preparándome para poder montar a Saturno.

Recuerdo mi primera competencia formal de equitación, fue en el 2009. Era el momento de mostrar los cuatro años de entrenamiento. Estaba nervioso y en el calentamiento me fue mal. Lloraba y no podía entrar, siempre fui un niño llorón, el consentido de la casa. Mi entrenador no pudo calmarme, pero mi papá, como siempre, tenía las palabras adecuadas. Me dijo algo sobre las primeras veces, sobre la posibilidad del error, sobre la valentía. Al final salí y me fue bien, saqué la competencia adelante. Siempre que tenía competencias fuera de Bogotá, me acompañaba. Él estaba ahí para la familia, sin importar nada.

Quiero a papá, lo admiro profundamente, recuerdo su presencia, su tono de voz, el valor que le daba a los momentos que pasábamos en familia. No desperdicia oportunidad para que estuviéramos juntos. Todo lo tenía bien planeado, era muy esquemático. Para mi papá lo más importante era la comida y el golf. En la casa comíamos cuando él llegaba, en la mesa hablábamos de nuestros días, de la vida, era el momento familiar por excelencia. También lo recuerdo enojado, golpeando el cristal de la mesa con su anillo. Aunque era muy amoroso, tenía su temperamento.

El golf, bueno, el golf era toda una experiencia. Desde muy pequeños íbamos a jugar los domingos, todos los domingos. Con mi hermano deseábamos que lloviera en la mañana para no tener que madrugar a jugar. Nos hacíamos los dormidos, esperábamos que mamá y papá no se levantaran a llamarnos. Ese era el otro momento familiar, hablar mientras caminábamos de un hoyo a otro. El golf, a diferencia de la mayoría de los deportes, es calmado y permite conversar, no hay una red de por medio o una competencia desenfrenada que dificulte la comunicación. Papá es golf, el golf es papá. Ese deporte estuvo presente hasta el día de su muerte, la única cita a la que no llegó fue a un torneo. La muerte llegó primero.

Conmigo no tuvo casi discusiones porque yo le daba la razón, así no estuviera de acuerdo, hacía lo que él decía. Mi miedo era que se pusiera bravo conmigo, no me gustaba que me gritara. Conmigo era fácil tratar porque le hacía caso.

Era exigente. Nos decía que debíamos tener buenas notas, las buenas calificaciones nos daban privilegios. A mi hermano siempre le fue muy bien, yo sufrí con las materias de números. En séptimo perdí inglés. Mi papá, en lugar de quitarme el caballo, pasó el Wii a Inglés. Así era su carácter, su forma de ser.

Prácticamente murió en mis brazos, ahora la astilla se convirtió en madera y el caminante se quedó sin un guía. Su estampa ahora reside en mí, viaja conmigo a donde vaya.


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